Feeds:
Entradas
Comentarios

Herencia

Mi abuela tenía los dedos de las manos que parecían carreteras de montaña, llenos de subidas y bajadas y curvas a la derecha y a la izquierda. Pero le salían las mejores rosquillas del mundo. Del universo. A mi madre se le están empezando a retorcer de la misma manera, imitando el perfil de la cordillera cantábrica donde nació. La masa de sus rosquillas cada vez se parece más a la que hacía mi abuela. Mis dedos pronto serán colinas, ya se han comenzado a deformar mis nudillos y se intuyen las primeras curvas. Estoy preparado. Se mezclan los huevos con una taza de aceite, la leche, la ralladura de limón y la levadura…

12:03h Preparadas tijeras, separadores y pinzas de presión. Necesitamos máxima concentración. Comenzamos. Bisturí. 12:04h El sonido del bisturí eléctrico le recuerda los gemidos agudos y continuados de su mujer. 12:05h Mientras practica la incisión en el paciente, el doctor Julio Algora Mateu piensa en los dos cuerpos que descubrió el lunes pasado en su cama, rebosados de sexo y de pasión. 12:09h Enajenación mental transitoria. 12:13h Fernando Algora Mateu muere a causa de una negligencia médica en el quirófano 2 de la clínica Quirón de Zaragoza.

Transcurridos trece años desde la creación del sistema solar, siendo testigos de cómo la luna comenzaba a desgajarse, la Osa Menor le preguntó inquieta a la Osa Mayor cuándo volvería de su viaje el Oso Mayor.

Úrsula nació, tras un parto de casi dos días, con dos corazones.

Ignacio la golpeó por primera vez a los seis años en el patio de la escuela.

No habían pasado tres meses desde que se casaron y ya le había destrozado los dos corazones.

Don Bernardo Gonzalo de Quirós, Premio Nacional de Investigación, jefe de unidad del Centro de Investigaciones Biomédicas, se adelantó a su tiempo en 1998 con el estudio de las células epiteliales.

Esta tarde, sentado en la parada del autobús, en un descuido, su tiempo le ha adelantado a él.

Al otro lado

Aún no me he recuperado. No podía esperar que ocurriera de esta forma y sigo aturdido por lo rápido que ha sucedido todo. Llevo media hora sentado en la silla de mi estudio sin soltar la cámara, mirando a través de la ventana que da al jardín, pensando en la niña, en mí, en la luz de esta mañana. Siento un inquietante cosquilleo que no se separa de mí, como si un escuadrón de hormigas recorriera mis órganos vitales. He dejado los negativos revelando en la cubeta. No me atrevo a entrar para ver qué tal han salido las tomas.

Llevo tres días obsesionado con la imagen que vi el lunes de aquella niña apoyada en la cristalera de la sucursal del banco. Y sus tres noches. Apenas he dormido 9 o 10 horas entre los 3 días. Cada vez que cierro los ojos vuelve a mí la imagen de ese reflejo perfecto, de la niña real y la fabricada por la luz y el vidrio. A medio metro del ventanal, con las piernas ligeramente separadas, los brazos en alto y las manos apoyadas sobre el vidrio, la veo multiplicada en el reflejo del cristal, haciendo un ángulo perfecto con la niña inventada, como el que hacen las cartas en los castillos de naipes. Esta imagen me ha hecho recordar las tardes de sábado en las que mis padres nos llevaban a mis hermanos y a mí al Parque de Atracciones. Mis hermanos corrían a la noria, a las barcas de remos y al tren que recorría el jardín de los papagayos. Yo no salía de la casa de los espejos. Dentro de esa pequeña sala yo era el niño más alto del mundo, y el más gordo, y el que mayor cabeza tenía. Rey por unos minutos en mi país de las maravillas. Cientos de veces he intentado reproducir en mi estudio la magia de esos momentos. Cientos de fracasos. Nunca he conseguido convertirme en el ilusionista capaz de dar vida a los dos lados del espejo.

La figura del reflejo de la niña me ha devorado entre recuerdos. La he trabajado obsesivamente estos días. La he trazado a lápiz en decenas de hojas de mi cuaderno, estudiando cada detalle. He intentado representarla de distintas maneras, tratando de no perder la fuerza de la ilusión que genera; un aro de hula hoop apoyado en la pared haciendo juego con las luces para que su sombra se confundiera con el propio aro, una bata de colegio encima de un espejo, esa misma bata a un lado de la ventana del estudio y una percha vacía al otro; con la luz del mediodía, con la del atardecer, con luz artificial dentro y fuera del estudio, con luz artificial sólo dentro. Nada. Carretes malgastados, tiempo que no he dedicado a Marga.

Ayer me tomé el día libre para descansar de mi mismo, de mis recuerdos y de mis obsesiones. Recuperé el tiempo con Marga y los niños, los carretes no.

Esta mañana al entrar al estudio lo he visto. Mis hijos tienen prohibida la entrada sin que esté yo, pero he celebrado su rebeldía. Al jugar con los trastos que acumulo, han apoyado la escalera de mano de una pieza contra el espejo. Y ha sucedido, he visto a la niña en la cristalera, he vuelto a ser el rey más alto y más gordo y con la mayor cabeza de mi país de las maravillas. Todo era perfecto, el ángulo de la escalera y la luz natural de esa hora de la mañana. No he tocado nada, he cogido mi Leica M4 y he tomado 34 imágenes de la escena, abrasado por la ansiedad de obtener lo tantas veces buscado.

Ahora respiro con profundidad tres veces, intentando alejar el miedo a un nuevo fracaso. No consigo evitar la sensación de mareo. Es el momento. Me levanto de la silla, dejo la cámara encima de la mesa y me dirijo al cuarto de revelado.

Escalera. Chema Madoz

Pies izquierdos

Hoy me he levantado con los dos pies izquierdos. Y es muy molesto porque, aunque no es la primera vez que me pasa, aún no he aprendido y todavía no tengo un par de zapatos izquierdos del mismo modelo para la ocasión. Otro de los inconvenientes de levantarte con los dos pies zurdos es que, inevitablemente, al andar te inclinas hacia el lado derecho y cuando quieres ir a la cocina, tus pies te llevan hasta el baño y cuando tu intención es meterte en la ducha, acabas en la terraza regando las plantas en albornoz. El verano pasado, en uno de estos días en los que me levanto con los dos miembros inferiores de mis extremidades repetidos, me dirigí al quiosco a comprar el periódico y acabé dando la vuelta al mundo; por eso salgo en la página 113 del libro Guinness de los récords, en un recuadro chiquitín con una foto en la que salgo en pijama, con las zapatillas de ir por casa y con un periódico debajo del brazo.

Es difícil sacarle ventajas a esta situación. Una vez me llamaron de un equipo de fútbol porque «les faltaban zurdos» pero no duré ni un partido porque en la primera carrera acabé metido en las gradas, sentado encima de un señor que se estaba fumando un puro. En otra oportunidad, una cadena de televisión se puso en contacto conmigo para participar en el programa «mira cómo baila» ya que una de sus bailarinas tenía dos pies derechos y nunca podía participar; al final acabamos ganando el concurso de rock e inventamos un nuevo pase de baile «la espiral», dando vueltas cada uno hacia un lado, que ha sido tantas veces imitado en el cine en películas como West Side History, Fiebre del Sábado Noche o Pulp Fiction.

Mientras estaba recordando estas anécdotas entre sonrisas de esas que te ponen cara de tonto, uno de mis pies izquierdos, el que está más a la derecha, se ha convertido en pie derecho y por fin he podido ir al baño. No lo había conseguido desde que me he despertado, porque esta mañana me he levantado con los dos pies izquierdos.

Martín

Llego a casa después de un día duro, muy largo, que parece que nunca va a terminar. F no está en casa. Me pesa no poder agarrarme a su equilibrio. Decido ponerme a cocinar para ordenar mi cabeza entre cacerolas, cucharones y pellizcos de sal. Abro la nevera y veo los lomos de merluza que sacamos ayer del congelador. Rescato la receta de las albóndigas de merluza del libro rojo y la repaso ávidamente. Pongo sobre la encimera los ingredientes: merluza, perejil, ajo, zanahoria. Falta la cebolla. Vuelvo a vestirme apresuradamente y bajo al supermercado como si me fuera la vida en ello -necesito cebolla… necesito cebolla… necesito cebolla…- Al abrir la puerta, se cuela en casa una mariposa de grandes alas azules –qué extraño ver aquí una mariposa… se ha equivocado de lugar… o de día…- Me  tropiezo con la vecina del B que sale del ascensor con una bota puesta y otra en la mano. Hacía tiempo que no nos veíamos, quizá desde aquel día que medio discutimos por el espacio entre nuestras plazas de aparcamiento. Nuestro encuentro se traduce en un diálogo torpe, absurdo, vacío. Entre frase y frase se escapa el ascensor hacia  la planta baja. Me devora una extraña ansiedad en la que no me reconozco. Espero a que alguien suba la compra y la descargue en su planta – ¿es necesario sacar las bolsas de una en una?… ¿no hay otro momento para hacer la compra del mes?…  joder, definitivamente hoy no es mi día… ¡mierda!- Por fin vuelve a subir y salto dentro para que no se escape sin mí. Martilleo el botón de la planta baja con el dedo índice hasta que se cierran las puertas y comienza a bajar -necesito cebolla… necesito cebolla…- El ascensor se detiene en el tercero – ¡voy a gritar! ¡voy a gritar! ¡voy a gritar!-  y entra mi vecino Martín. Nada más meterse al ascensor, desenfunda su inconfundible sonrisa y se lanza, literalmente, a mis brazos, como cada vez que me ve. En esos breves segundos se me olvida la embarazosa situación que acabo de vivir con mi vecina, la reciente discusión con mi hermano y las tres entrevistas de trabajo en las que me han dicho que no soy el perfil idóneo para el puesto que solicitan. Martín vive en un piso tutelado con otros dos compañeros, Mariano y Fidel. Tiene poco más de cincuenta años pero aparenta muchos más de sesenta. Viaja siempre con una sonrisa amplia, perfectamente horizontal y placentera y se lanza a los brazos de toda la gente que conoce y le saluda. Al salir de casa siempre cuenta siete veces hasta siete y nunca, bajo ningún concepto, pisa una baldosa que esté manchada. Somos vecinos desde hace casi seis años. En las últimas semanas ha sufrido algún episodio de alucinaciones severas y por lo menos dos ataques de pánico, uno en casa y otro en el parque de los sauces. He visto a los trabajadores de la fundación que le tutela más veces en este último mes que en los años anteriores. A Martín le encantan las albóndigas de merluza, como a mí. Martín me da una tranquilidad que no encuentro fácilmente de otra manera. Yo a él no sé qué le doy. Al llegar a la calle, le acompaño en su habitual recorrido por el barrio, al estanco a por un paquete de Nobel, a la tienda de mascotas a acariciarlas desde el cristal y al supermercado, donde siempre se gasta exactamente 12,65 €, que paga con un billete de 10 euros, 2 monedas de 1 euro, 1 de 50 céntimos y 3 de 5 céntimos. En el supermercado nuestros caminos se separan, yo directo a la zona de las verduras- voy a invitarle a cenar… sé que le encantan las albóndigas… tendremos que cenar pronto… tiene que estar en su casa a las 9… espero que haya llegado F…- y Martín por el pasillo de las conservas, curva a la derecha hacia las salsas, mete tercera en las cámaras frigoríficas y derrapa en la frutería. Nos volvemos a encontrar en la fila de cajas. Martín siempre pasa por la de la señorita Laura, pelo largo moreno con algún adorno siempre poco acertado, dos anillos en cada mano, un “no me olvides” con la fecha de su nacimiento ligeramente borrada, uñas pintadas de rojo pasión y labios que siempre le dicen  -mi cliente favorito… mi sonrisa favorita… mi niño favorito- A Martín se le acelera el corazón cada vez que la escucha, su cara se pone color rojo pasión y se le graba un “no me olvides” en la piel con la fecha de las palabras de la señorita Laura. Siento que a ella le produce la misma sensación de paz que a mí. A la salida le invito a cenar y lo celebra saltando con los brazos en alto, como si hubiera metido el gol de la final del campeonato del mundo. Nos despedimos con un abrazo del que me tengo que escapar para que no se haga tarde. Me llevo puesta su sonrisa –luego se la devuelvo…- Me la veo al entrar en casa, en el espejo del recibidor – no me queda tan mal… a lo mejor me la pongo mañana…- Veo la mariposa que se ha colado antes en casa. La sigo por el pasillo hasta el salón. Se golpea en el cristal al intentar salir por la ventana. Es entonces cuando le veo. Martín está en el paso de cebra del final de la calle. A su lado, un hombre le coge del brazo y le ayuda a subir a una furgoneta. Residencia Fundación Ramón Casals. Entiendo que no voy a volver a verle. Me vuelvo a poner nervioso, a odiar a mi vecina, a sentirme culpable por discutir con mi hermano y a tener ganas de dejar de buscar trabajo. Voy a la cocina. F está preparando la cena. Ensalada y tortilla de patata.

Terremotos

Hoy me he despertado pronto, a las siete y veinte, diez minutos antes de que sonara el despertador. Me he incorporado muy despacio y me he quedado unos segundos sentado al borde de la cama con las manos apoyadas en el colchón, mirando por la ventana. Por la pequeña franja que dejamos al bajar la persiana cada noche he visto el mismo paisaje de todos los días; farolas grises altas con el cuello largo y torcido, algunas casas de ladrillo con los balcones acristalados y los árboles de la calle que están comenzando a perder las flores que nos regalaron hace pocos días. F se ha quedado en la cama, recostada de medio lado, perfectamente envuelta en el edredón. He observado cómo metía el brazo debajo de la almohada, buscando esa sensación de frescor de su parte inferior que tanto le gusta. Me he levantado con un movimiento pausado, ligero. Entonces ella ha dado tres golpes con el pie hacia mi lado de la cama y se ha vuelto a quedar dormida. He permanecido quieto unos segundos intentando que no se despertara, observando su respiración, contando sus latidos, adivinando lo que estaba soñando. Me he estirado las mangas de la camiseta hasta cubrir los dedos y me he puesto la mano derecha encima de la boca. Ha sido un acto reflejo, inesperado, inventado para la ocasión. Nunca antes lo había hecho.

He ido a la cocina a preparar el café. He desayunado sólo; café con leche, miel, zumo de naranja y tostadas untadas con queso y mermelada de frambuesa. Aunque me gusta desayunar escuchando las noticias en la radio, hoy no he conectado con los enviados especiales de ninguna emisora para no hacer mucho ruido. He recordado las imágenes del terremoto que ha sacudido Japón, que ayer me inundaron y me estremecieron. Las noticias de su fuerza demoledora, del mar devorando los pueblos, de las vidas destrozadas, del peligro de fugas en las centrales nucleares. He revivido el primer terremoto que me recorrió por dentro hace años, cuando tenía cinco o seis y llamaron a mi madre para decirle que el tren en el que viajaban mis abuelos había sufrido un terrible accidente. Eran de los pocos supervivientes del primer vagón y se los llevaban de urgencia al hospital militar de Huesca. Recuerdo cada gesto de mi madre, cada grito, cada lágrima. Todavía hoy noto la repetición de este seísmo de vez en cuando.

He terminado el café en el salón. En la mesa aún permanecían los restos de la cena de ayer y el aire de la última conversación que mantuvimos antes de acostarnos. He recogido de encima del sofá los periódicos de los últimos días y los he ojeado. He repasado las noticias sobre el terremoto sin leer los textos, deteniéndome en cada foto. Me he transportado a refinerías en llamas, a barcos encima de los tejados de las casas, a pueblos enteros reducidos a la nada. He viajado al lugar donde hombres y mujeres vencidos por el cansancio hacían fila esperando su turno para hacer una llamada telefónica y he visto de cerca personas congeladas para siempre debajo de los escombros. Entre tantas personas contenidas por fuera y devastadas por dentro he visto, en la foto de una ciudad en ruinas, a una mujer que hasta entonces se me había pasado por alto. Cubierta por una manta, con una chaqueta en la mano, de pie encima de los escombros y con la mirada perdida en el pasado, tenía la mano derecha encima de la boca. Un escalofrío ha recorrido cada centímetro de mi piel. Espontáneamente he comenzado a llorar. He sentido que me inundaba un mar interior al comprender que lo último que había visto esta mujer antes de que temblaran la tierra y su vida había sido a su marido en la cama, recostado de medio lado, perfectamente envuelto en el edredón.

Salir de casa

Cada vez me cuesta más salir de casa. Con el paso del tiempo he ido recopilando en ella casi todas las cosas que necesito; las fotos de mi familia, una planta que era de mi abuela, los discos de esa cantante negra que nos provoca la lluvia por dentro, unas matrioskas desgastadas que me acompañan desde que nací, casi todas las historias de Nesquens, un pequeño burro de trapo y un gran amor.

Hoy he salido para ir a la oficina del INAEM de la calle Pablo Gargallo a sellar la cartilla del paro y para comer en casa de mis padres, como todos los jueves. En la calle he recopilado unas cuantas palabras al azar, como cada día, en unas pintadas, en un supermercado y en unos anuncios: pueblo, minotauro, partitura, mercado. Las he anotado en un pequeño cuaderno de tapa dura que siempre llevo conmigo. Realmente no sé porqué lo hago; a veces pienso en escribir pequeñas historias a partir de ellas, otras en asociarlas con fotos y recortes de revistas y folletos de publicidad que también acumulo en este cuaderno. Al final nunca hago nada y el cuaderno jamás terminado acaba ocupando un sitio en la estantería del estudio, tercera balda de la derecha.

He cogido el autobús en la parada frente a la caja de ahorros, línea 35 entre Parque Goya y Plaza Emperador Carlos V, y he cruzado el puente de piedra en sentido hacia la calle Don Jaime. He atravesado este puente decenas, cientos de veces. Treinta y seis farolas, cuatro leones y miles de fósiles de caracola. Atravesándolo he inventado la vida de otros muchas veces, una de mis aficiones preferidas cuando viajo en autobús; la de una mujer y su madre que habían perdido el contacto hacía tiempo, la de un hombre al que le había abandonado su mujer recientemente y cuya mirada pesaba tanto que rozaba el suelo, la de un militar que acababa de regresar a casa, la de otra mujer con una grave enfermedad que no había dicho nada a su familia, la de una pareja de adolescentes que estaban descubriéndose entre caricias, y así decenas de vidas.

Pero hoy me he dado cuenta que nunca he inventado la mía, y me ha dado por pensar que este puente, con su piedra caracolenca y sus doscientos veinticinco metros de longitud, es también un puente en mi vida. Un puente entre mis circunstancias más íntimas y mis rutinas más aburridas, entre los herméticos horarios de los días laborables y mis largos desayunos de los fines de semana, un puente que separa mi vida impuesta de la confeccionada. Y he querido inventármela a toda prisa. Y no he podido. Y lo he intentado más fuerte. Y he vuelto a fracasar. El autobús ha superado la arcada final del puente y he sido incapaz de trazar siquiera un fragmento. Lo único que me ha consolado es la seguridad de que, en ese momento, alguno de los pasajeros que viajaban conmigo en el autobús, como yo lo hubiera hecho con él o ella, se estaba inventando mi vida.